La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Pero Ada estaba demasiado enamorada para dudar de sus palabras y mi tutor, aunque se quejaba con frecuencia del viento de levante y solía permanecer solo en su cuarto más horas que antes, guardaba sobre este punto un silencio absoluto. Un día en que Caddy Jellyby me suplicó que fuera a verla a Londres, aproveché la ocasión para escribirle a Richard que me esperase en la estación de coches para hablar un rato. Fue a recibirme, en efecto, me dio el brazo y, cuando me fue posible darle a mi tono alguna gravedad, le pregunté:

—Bueno, Richard, ¿se siente más resuelto ahora?

—Sí, Esther —me respondió—. Trabajo mucho.

—Pero ¿está usted resuelto por completo?

—¿Qué quiere usted decir? —preguntó con su sonrisa franca y animada.

—Pregunto si se ha resuelto ya a seguir la carrera.

—Sí, sí, trabajo mucho.

—Esto ya me lo ha dicho usted, Richard.

—¿Acaso no es suficiente? En fin, tal vez tenga usted razón. ¿Me pregunta si estoy completamente resuelto a ser abogado?

—Sí, Richard.


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