La Casa lugubre
La Casa lugubre Richard venía a visitarnos regularmente. No solo llegaba el sábado por la tarde, o el domingo por la mañana, para no partir hasta el lunes, sino que se presentaba con frecuencia a caballo cuando menos lo esperábamos. Pasaba la noche en casa y volvía a partir al siguiente día. Animado y jovial como siempre, nos aseguraba que trabajaba mucho, lo cual no me satisfacía por completo, pues me temía que buena parte de su vehemencia se perdía en inútiles esfuerzos y que solo lo conduciría a alimentar ilusiones vanas acerca de aquel pleito, causa perniciosa de tantas penas y ruinas. Pretendía haber penetrado hasta el fondo de aquel misterio, y decía estar seguro de que en virtud del testamento Ada y él debían recibir no sé cuántos miles de libras esterlinas si quedaba algo de lógica o equidad en el Tribunal de la Cancillería (pero qué gran «si» resonaba en mis oídos) y que su feliz conclusión era que no podía retrasarse mucho más. Se lo probaba a sí mismo con todos los pesados argumentos que había leído al respecto, y cada uno de ellos lo sumía más profundamente en la obcecación. Empezaba a frecuentar la Cancillería y nos contaba que veía en la audiencia a la señorita Flite, que se hablaban algunas veces, y que no podía menos que reírse de la manía de la pobre loca, pero que, al mismo tiempo, la compadecía con todo su corazón. No pensaba nunca (nunca, mi pobre, querido, optimista Richard, capaz de ser tan feliz entonces y con tantas cosas buenas ante sí) que estaba remachando un eslabón fatal entre la frescura de su juventud y su edad marchita, entre sus libres esperanzas y sus pájaros enjaulados, y su habitación hambrienta, y su mente confusa.