La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Al volver por la noche a casa, después de ese día de emociones, pensé en el matrimonio de Caddy y me convencí de que, a pesar del viejo señor Turveydrop, sería mejor para ella y más feliz. Y si no parecía que hubiese sino una escasa posibilidad de que su marido y ella se diesen cuenta de lo que era realmente el ejemplo de presencia, ¿por qué iba a ser después de todo mejor para ellos? Y ¿quién deseaba que fuesen más conscientes? Yo no se lo deseaba y en realidad yo misma me sentía medio avergonzada por no creer en él del todo. Y pensé, mirando a las estrellas, en los que recorrían lejanos mares. Le pedí entonces al cielo la dicha de poder serles útil a mis amigos en la medida en que mis fuerzas me lo permitiesen.

Cuando llegué a la quinta, se alegraron tanto de verme y me demostraron tanto interés que hubiera llorado de alegría de no haber temido entristecerlos.

En la casa, todos, desde el primero al último, me hicieron una acogida tan cariñosa y se esmeraron tanto en complacerme que me sentí verdaderamente feliz.

Nos pasamos toda la velada hablando. Tenía tanto que contar sobre el matrimonio de Caddy que cuando me retiré a mi cuarto casi me avergoncé de mi excesiva locuacidad.

Estaba pensando en lo que había dicho, cuando oí un golpe discreto en la puerta y vi entrar a una muchacha vestida de luto que me hizo una reverencia.


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