La Casa lugubre
La Casa lugubre —Soy Charley, para servirla —me dijo, con voz llena de dulzura.
—Tú, ¡aquÃ! —exclamé, abrazándola—. Pero ¿cómo ha sido esto?
—Soy su doncella, señorita.
—¡Cómo!
—Es un regalo que le hace a usted el señor Jarndyce.
Cogà una silla, y rodeé con el brazo el cuello de Charley.
—¡Si usted supiera, señorita! —dijo palmoteando mientras corrÃan lágrimas por sus frescas mejillas—. Tom está en la escuela, donde estudia mucho. Emma está en casa de la señora Blinder, que es muy bondadosa con ella. Y yo estarÃa aquà hace ya mucho tiempo si el señor Jarndyce no hubiese dicho que era preciso acostumbrarnos poco a poco a vivir separados, ¡porque Emma y Tom son tan niños! El señor Jarndyce, que me pone a su servicio, cree que se tomará usted la molestia de enseñarme todo lo que es preciso que aprenda y me ha dicho que verÃa a mis hermanitos una vez al mes. Estoy tan contenta y tan agradecida, señorita, que haré todos los esfuerzos posibles para devolver como debo el favor que he recibido.
—No olvides nunca tanta bondad, Charley.
—No, señorita, nunca, ni tampoco la olvidarán Tom y Emma. Usted ha sido la causa de todo.