La Casa lugubre
La Casa lugubre —Ni siquiera lo sabÃa, Charley. A quien se lo debes todo no es a mÃ, sino al señor Jarndyce.
—SÃ, pero es por usted, y para que sea usted mi señorita. Esté usted segura de que Tom y yo no lo olvidaremos.
Charley se secó los ojos y retomó sus funciones, a su manera de pequeña matrona, entrando y saliendo, doblando cuidadosamente todo cuanto veÃa, y atenta a mis menores indicaciones.
No pude contener las lágrimas al pensar en la bondad de mi tutor.
—No llore, señorita —me dijo Charley.
—No puedo menos que llorar —le respondÃ.
—Ni yo tampoco —dijo mi linda doncella.
Pero las dos llorábamos, no de pena, sino de alegrÃa.