La Casa lugubre
La Casa lugubre —Perdóname tú también, querido Richard —replicó el señor Jarndyce con dulzura y buen humor—, si te hago observar que es natural que pienses asÃ, pero no es menos natural que mi opinión sea completamente contraria a la tuya. Asà pues, Richard, cumpliré con mi deber y, cuando más adelante juzgues desapasionadamente los hechos, estoy seguro de que te avendrás a darme la razón. El tiempo decidirá.
Ada se puso tan pálida al oÃr estas palabras que mi tutor la hizo sentarse en un sillón y ocupó una silla a su lado.
—No es nada, hija mÃa —le dijo—. No ha sido más que una pequeña discusión que deseamos someter a tu veredicto porque tú eres el asunto principal de ella. No te alarmes, hija mÃa. Concédenos un minuto de atención y le ruego a Esther que quiera hacer otro tanto. No habrás olvidado la conversación que tuvimos los cuatro cuando Esther me dijo que os querÃais.
—Es imposible que Richard y yo lo hayamos olvidado, primo John.
—Tiene razón —dijo Richard.