La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Vino una noche con mucha prisa a darnos esta noticia, y tuvo una larga conversación con el señor Jarndyce. Transcurrió más de una hora antes de que mi tutor nos suplicara que pasáramos a su despacho, y nos encontramos allí a Richard, al que habíamos dejado lleno de animación, apoyado contra la chimenea, con expresión triste y abatida.

—Richard y yo, Ada, no somos del mismo parecer —dijo el señor Jarndyce—. ¡Vamos, Richard, sonríe y quita ese gesto adusto!

—Ha estado usted muy severo conmigo, señor —respondió este— y me duele doblemente porque siempre había sido indulgente conmigo y hasta hoy me había tratado con una bondad que era muy de agradecer. Comprendo, sin embargo, que sin el apoyo de usted me hubiese sido imposible salir del paso.

—Bien, bien… —dijo el señor Jarndyce—. Lo importante no es mi apoyo, sino que llegues a ponerte de acuerdo contigo mismo.

—Perdone usted, señor, si le digo —añadió Richard con una mezcla de orgullo y respeto— que creo ser el mejor juez de lo que me atañe personalmente.


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