La Casa lugubre

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Finalmente, se le citó al despacho privado del gran Canciller, donde milord lo acusó severamente de inconstante y de malgastar inútilmente el tiempo.

—¿Verdad que es muy gracioso —nos dijo Richard— que hablen esas gentes de perder el tiempo?

Sin embargo, se accedió a su instancia, su nombre fue inscrito en la oficialidad de los guardias de caballería para obtener plaza de alférez, y se depositó el precio del nombramiento ante un agente.

Richard, siguiendo su manera habitual de proceder, se dedicó con ahínco a los estudios militares de la carrera de las armas, y se levantaba a las cinco de la mañana para ejercitarse en el manejo del sable.

De esta forma, sucedieron las vacaciones a las sesiones del Tribunal, y las sesiones a las vacaciones. Oíamos decir, de vez en cuando, que el pleito Jarndyce había sido llamado a vista, suspendido, llamado nuevamente o aplazado, sin que se resolviese nada en definitiva. Richard, que estaba entonces en casa de un profesor en Londres, no venía a vernos con tanta frecuencia. Mi tutor mantenía siempre la misma reserva. Pasaban las semanas y los meses y Richard recibió, por fin, la orden de incorporarse a su regimiento, que se hallaba en Irlanda.


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