La Casa lugubre

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El mercurio, al dar esta excusa, lanza a Guppy una mirada de desprecio e indignación que puede traducirse como: «¿Qué necesidad tenías de venir y ocasionarme este trastorno?».

—Es cierto —responde milady—. He dado esa orden, que espere ese joven.

—No lo permitiré, milady. Puesto que lo has mandado llamar, no quiero interrumpir —y sir Leicester se retira solícito aunque sin corresponder al saludo del joven, al que toma por un zapatero inoportuno.

Lady Dedlock mira imperiosa de pies a cabeza a su visitante. Dejándolo junto a la entrada, le pregunta cuál es el motivo de su visita.

—Que milady me conceda un instante de atención —responde Guppy azorado.

—Naturalmente fue usted quien me escribió tantas cartas.

—Sí, milady, le he escrito varias cartas antes de que milady se dignara a contestarme.

—¿Y no podía usted haber continuado usando el mismo medio y que esta visita no fuera necesaria? ¿Es que ya no es posible?

El señor Guppy mueve la cabeza y frunce los labios contestando un «¡no!» silencioso.


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