La Casa lugubre
La Casa lugubre —¿Desean tal vez agua caliente? —nos dijo la señorita Jellyby—. Buscando en vano una jarra donde ponerla.
—Si no le es a usted molesto… —dijimos.
—¿Molesto? De ningún modo —respondió la señorita Jellyby—. La cuestión está en si hay una.
La tarde era tan frÃa y los cuartos tenÃan tanto olor a charca que confieso que me encontraba deprimida y a Ada casi se le saltaban las lágrimas. Sin embargo, muy pronto nos echamos a reÃr de nuestra situación y estábamos abriendo los baúles afanosamente cuando volvió la señorita Jellyby para decirnos que lo sentÃa, que no habÃa agua caliente, que no encontraba la jofaina y que no habÃa cazuela en la casa que no estuviese rota.