La Casa lugubre
La Casa lugubre —Le parece algo caro ¿verdad? —continúa el proveedor—. Yo no sé si es por la proximidad del tribunal y la presencia de abogados, pero el caso es que los alquileres son muy altos en este barrio. No lo digo porque trate de rebajar en lo más mÃnimo la distinguida profesión que me hace ganar la vida.
El señor Weevle mira distraÃdamente a su alrededor y finalmente al señor Snagsby sin decir nada.
Desconcertado el papelero con la mirada del señor Weevle, tose para manifestar los esfuerzos que hace a fin de cambiar de conversación.
—Es un hecho muy extraño —agrega, restregándose las manos— que aquel hombre hubiese podido permanecer…
—¿Qué hombre? —interrumpe el señor Weevle.
—El difunto del que hablábamos —responde el señor Snagsby, alzando la cabeza y las cejas hacia el segundo piso de la casa y jugando con un botón de su abrigo.
—¡Ah, sÃ! —dice el señor Weevle con una expresión que demuestra bien a las claras que le disgusta aquel tema de conversación—. CreÃa que me hablaba usted de otra cosa.