La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Su mujer sabe muy bien dónde está su marido, al que no ha perdido de vista, pues está apostada cerca del Sol’s Arms. Se desliza detrás de él con el pañuelo en la cabeza, al pasar, distingue al señor Weevle y le dirige una mirada inquisitorial, que induce al joven a decirse para sus adentros:

—Sé que me ha reconocido, señora —se dice el señor Weevle—. Es evidente que no es usted una belleza, está tan ridículamente cubierta… Veo que mi amigo tarda demasiado.

El amigo aludido aparece en aquel mismo instante. El señor Weevle le tiende la mano, le hace entrar en la casa y cierra la puerta de la calle.

Suben la escalera en silencio. El señor Weevle, con paso lento, y su amigo, esto es, el señor Guppy, con bastante ligereza.

Cuando están en la habitación y han cerrado la puerta, hablan en voz baja:

—Creí que te habías ido a Jericó —dice Tony.

—Te dije que no vendría hasta las diez —responde Guppy.

—Es cierto, pero estaba tan cansado de esperar que me parecía que habían pasado diez veces las diez. ¡Qué noche! ¡Válgame Dios! No he visto otra igual en toda mi vida.

—¿Qué ha sucedido?


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