La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Nada, pero creí que me ahogaba en este maldito cuarto. Te estuve esperando en él hasta que el malestar me obligó a salir. No hay más que ver la luz de esta vela. Fíjate en la dificultad con que arde. No hay manera de respirar aquí dentro.

—Eso se puede remediar fácilmente —dice Guppy cogiendo el despabilador.

—No tan fácilmente como te figuras, amigo mío. Se está derritiendo así desde que la encendí. No hace más que fundirse sin apenas despedir llama.

—¿Qué te sucede? —exclama Guppy mirando a su amigo, que se sienta y apoya el codo en la mesa.

—William Guppy —responde Weevle—, tengo algo así como una angustia, una tristeza horrible. Este cuarto huele a suicidio y el diablo de ahí abajo…

El señor Weevle rechaza con el codo el despabilador, apoya la frente en la mano, extiende las piernas y vuelve la vista hacia la chimenea.

El señor Guppy lo observa con atención, mueve la cabeza y se sienta en el extremo opuesto de la mesa con actitud despreocupada.

—¿No era el señor Snagsby el que hablaba contigo? —pregunta a su amigo.

—Sí, era Snagsby —dice el señor Weevle sin terminar la frase.

—¿Te hablaba de negocios?

—No. Paseaba por la plaza y vino a saludarme.


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