La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Me había parecido que era él. Y, como no deseaba que me viese, esperé a que se retirase.

—Siempre el mismo, William, tan misterioso —exclama Tony, mirándolo un instante—. ¡Por Dios! Creo que no nos andaríamos con tanto misterio si hubiésemos cometido un crimen.

El señor Guppy finge una sonrisa y, a fin de cambiar de conversación, pasa una mirada de admiración, fingida o real, por la colección de bellezas británicas que adorna las paredes, y termina la inspección parándose ante el retrato de lady Dedlock colocado encima de la chimenea, retrato en el cual milady está retratada en una terraza en la que hay un pedestal y sobre el pedestal hay un jarrón y sobre el jarrón está su velo y sobre su velo una enorme piel y sobre ella el brazo de la dama y un brazalete en el brazo.

—Se parece mucho, solo le falta hablar —dice después de un momento de silencio.

—¡Lástima que no sea verdad! —murmura Tony, sin cambiar de posición—. Podría hablar, al menos de vez en cuando, con una señora elegante.

Entonces, al ver que el mal humor de su amigo resiste, el señor Guppy cambia de sistema y adopta, a su vez, un aire más formal.


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