La Casa lugubre
La Casa lugubre —Tony —dice—, comparto tu tristeza y tu desaliento. Nadie conoce mejor que yo esas desilusiones del alma, dado que llevo en mi corazón profundamente grabada la imagen de una belleza que no me corresponde. Pero hay lÃmites cuando se está en presencia de una persona que no tiene culpa de nada. Te hablaré, pues, con franqueza, Tony. La conducta que mantienes conmigo, no es hospitalaria ni la de un caballero.
—Tus palabras son muy duras, William Guppy —objeta gravemente el señor Weevle.
—Tal vez, pero si me expreso asà —replica el señor William Guppy—, es porque asà lo siento.
El señor Weevle reconoce que se ha portado mal y le suplica a su amigo que le excuse. Sin embargo, el señor Guppy no puede abandonar su pequeña ventaja sin hacer otro reproche.
—No deberÃas herir los sentimientos, como acabas de hacer, de un hombre que tiene en el corazón grabada la imagen de una belleza que no le corresponde y que padece en las cuerdas que hacen vibrar las más tiernas emociones. Tú, Tony, que puedes contemplar frÃamente toda esa galerÃa de bellezas, no eres, para suerte tuya, y ojalá me sucediera otro tanto a mÃ, de esos que tienen el alma puesta entera en una sola flor. Para ti está abierto el jardÃn y tus alas te llevan de una rosa a otra. Sin embargo, Tony, me guardaré mucho de ofender sin motivo los Ãntimos sentimientos de tu alma.