La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—¿Sabes si el original está escrito por un hombre o por una mujer? —pregunta el señor Guppy volviendo a estirar y a encoger las piernas.

—Por una mujer, y apostaría cincuenta a uno a que es una dama. La letra es fina e inclinada y el último rasgo de la ene es muy largo.

Durante este diálogo, el señor Guppy se muerde la uña del dedo pulgar, cambiando de mano cada vez que cambia de posición sus piernas. En el momento en que se dispone a repetir esta maniobra, dirige la mirada a la manga de su chaqueta y llama su atención algo extraordinario. La contempla asombrado.

—¿Se ha encendido el fuego en la chimenea, Tony? —exclama.

—¿Por qué? —pregunta el señor Weevle.

—¡Ah! —responde el señor Guppy—. Mira cómo cae hollín. ¡Mírame el brazo! ¡Mira aquí, en la mesa! Pero ¡qué porquería, no se va! ¡Deja unas manchas como de sebo negro!

Ambos se miran con asombro. Tony va a abrir la puerta, escucha un momento, sube algunos escalones, baja algunos otros, y vuelve a la habitación diciendo que no hay novedad alguna, y que aquel olor procede sin duda de las chuletas que están asando en el Sol’s Arms.


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