La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—No temas. Tiene buena memoria. Lo he visto esta tarde sobre las ocho y lo he ayudado a cerrar la puerta. Me ha enseñado las cartas que tenía en la gorra. Las ha sacado después de cerrar la tienda y se ha sentado delante de la chimenea para deshacer el paquete y volver a examinarlas. Cuando he subido a mi habitación, le he oído canturrear una vieja canción, la de Bibo y Caronte; en ella Bibo está borracho y solo cuando muere o algo parecido. Después se ha callado y ha permanecido quieto como un ratón en su agujero.

—¿Y bajarás a las doce de la noche?

—Sí, pero, como te decía cuando has llegado, en vez de las diez me parecían las cien.

—No sabe leer, ¿verdad? —pregunta el señor Guppy después de una corta reflexión.

—No ha sabido nunca ni sabrá en toda su vida. Sabe hacer todas las letras una por una, y las reconoce casi todas por separado si las ve; hasta ahí ha llegado gracias a mí, pero no sabe juntarlas. Es muy viejo ya y está muy castigado por la bebida.

—Y entonces ¿cómo supones que ha podido escribir el nombre de Hawdon? —pregunta el señor Guppy, estirando y encogiendo las piernas.

—No lo ha escrito. Lo único que ha hecho es copiar ese nombre con su curiosa capacidad de imitación y luego me ha pedido que se lo leyera. Sin duda lo había copiado del sobre de alguna de las cartas.


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