La Casa lugubre
La Casa lugubre —No lo niego, pero en otras habitaciones no se explota a los muertos como lo estamos haciendo aquÃ, y se les deja en paz —responde Tony.
Los dos amigos se miran. El señor Guppy se apresura a declarar que tal vez le hagan un favor al difunto y que está casi seguro de que es asÃ.
Un silencio penoso sigue a estas palabras, hasta el momento en que el señor Weevle se inclina de pronto para atizar el fuego y hace estremecer al señor Guppy como si le hubiera golpeado en su corazón.
—¡Qué horror! —exclama—. ¡Qué abominable es este hollÃn! Abramos la ventana para respirar… Me ahogo.
Abren la ventana y miran al exterior. La calle es demasiado angosta como para permitirles ver el cielo, pero las luces que brillan detrás de los mugrientos cristales de algunas ventanas, el ruido lejano de los coches y el confuso rumor de la ciudad, que prueba que hay en torno suyo seres que van y vienen, les hace sentirse reconfortados.
El señor Guppy tamborilea suavemente sobre el alféizar de la ventana, y dice en voz baja como en una comedia ligera:
—A propósito, no olvides que no le he dicho nada a Smallweed. Su abuelo es muy astuto y muy pronto lo sabrÃa toda la familia.
—Asà lo creo yo también.