La Casa lugubre
La Casa lugubre —O bien es posible que quiere dar esa imagen o que alguien le haya engañado y que esté perturbado por la bebida o que les haya atribuido un interés imaginario, o que, de tanto frecuentar el tribunal y oÃr hablar de documentos, se haya figurado que esos papeles eran escrituras y tÃtulos de propiedad —agrega el señor Weevle.
El señor Guppy mueve la cabeza sopesando mentalmente estas distintas posibilidades, y continúa tamborileando con los dedos en el alfeizar de la ventana, sumido en una profunda meditación.
De pronto, aparta rápidamente la mano y exclama:
—¿Qué diablos es esta porquerÃa?
Un lÃquido amarillo y viscoso corre por sus dedos y ofende más al olfato que a la vista y el tacto. Es una especie de aceite espeso y nauseabundo que les inspira una repugnancia instintiva y los hace estremecer.
—¿Qué has tirado por la ventana? —pregunta William.
—¿Yo? No he tirado nada —responde Tony.
—¡Pues mira! —continúa el primero, acercando la luz a la ventana.
El repugnante lÃquido se destila lentamente, gota a gota, a lo largo de la pared y forma en el borde de la ventana una charca de grasa fétida.