La Casa lugubre
La Casa lugubre —¡Esto es una porquerÃa! —dice el señor Guppy, cerrando la ventana—. Dame agua para lavarme las manos o me las tendré que cortar.
Y se las frota, las rasca, las huele, las vuelve a frotar y a lavar, con tanta insistencia que antes de terminar su aseo dan las doce en el reloj de Saint Paul, repitiendo la hora todos los campanarios, en todos los tonos y en medio de las tinieblas.
—Llegó la hora —dice el señor Weevle cuando se oye la última campanada—. ¿Voy?
El señor Guppy hace una señal afirmativa y le desea buena suerte.
El señor Weevle baja y su amigo se dispone a esperarlo cerca de la chimenea, creyendo que habrá de esperar largo rato, pero apenas han transcurrido dos minutos cuando se oyen crujir los peldaños de la escalera y Tony vuelve a entrar precipitadamente.
—¿Ya las tienes? —dice William.
—Ni siquiera he visto a Krook.
El terror que se refleja en su rostro es tan vivo que su amigo corre hacia él exclamando:
—¿Qué sucede?
—Al ver que no me contestaba, he abierto la puerta… De allà viene ese hedor horrible, el sebo, la grasa… Pero no lo he visto a él —añade Tony con un gemido.