La Casa lugubre
La Casa lugubre William toma la luz y ambos amigos, más muertos que vivos, bajan la escalera, pegados uno al otro, y abren la puerta de la trastienda.
La gata se ha refugiado en un rincón y con el pelo erizado enseña los dientes a un bulto que hay en el suelo delante de la chimenea.
A pesar de que casi no hay fuego, un humo sofocante llena la habitación. El techo y el suelo están cubiertos de una capa viscosa y negruzca. Las sillas, la mesa y la botella, que se ve allí casi siempre, están en su sitio ordinario, y en el respaldo del sillón está colgada la gorra de piel y la chaqueta del viejo trapero.
—Mira —murmura el señor Weevle señalándole con mano trémula aquellos objetos a su amigo—. Lo que yo te dije: cuando me separé de él, se quitó la gorra para retirar el paquete de cartas, la colocó en el respaldo del sillón donde estaba ya su chaqueta, que se había quitado para cerrar la tienda, y le dejé hojeando las cartas en el mismo sitio donde está ese bulto negro.
¿Se había ahorcado? No. Los dos amigos alzan la cabeza y no ven nada.