La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Mira —observa Tony—, al pie de esta silla hay un trozo de cordón rojo, de ese cordón que sirve para atar las plumas. Con ese cordón estaba atado el paquete de cartas. Krook lo desató delante de mí, mientras me miraba haciendo muecas, y recuerdo haber visto que caía al suelo.

—¿Qué le pasará a la gata? —pregunta el señor Guppy.

—Está rabiosa, y no es de extrañar que rabie en semejante cueva nauseabunda.

Dan una vuelta por la habitación, examinándolo todo con detalle.

La gata continúa inmóvil, enseñándole los dientes al montón negruzco que hay en el suelo, entre los dos sillones.

—¿Qué será esto? Aumenta la luz.

Un reducido espacio del suelo se ve completamente carbonizado. Al lado se ven los restos ennegrecidos de un paquete de papeles quemados, pero no tienen la ligereza habitual. Se diría que están empapados en algo. Más allá… ¿Qué es eso? ¿Es un tronco de madera cubierto de ceniza o de un trozo de carbón? ¡Horror! ¡Es el viejo Krook! Lo único que queda del infeliz es ese montón de ceniza grasienta, de cuyos restos macabros se alejan corriendo los dos amigos, que dejan caer la vela y salen a la calle.


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