La Casa lugubre
La Casa lugubre «¡Socorro! ¡Socorro! ¡Vengan a esta casa por amor de Dios!» Atraída por sus gritos, acude la multitud, pero ningún auxilio es ya posible. El lord Canciller de la plaza, fiel a su título hasta el último instante de su vida, ha muerto como deberían morir todos los cancilleres y todas las autoridades de esos lugares en donde se cae en la vana ostentación y se cometen injusticias. Que su Alteza dé a esa muerte el nombre que le plazca, atribúyala a tal o cual causa, diga que hubiera podido prevenirse de tal o cual manera, pero lo cierto es que esa muerte, esa y no otra, es la combustión espontánea de todos los humores contaminados del cuerpo social viciado, y es la única muerte que puede purificarlo.