La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Gracias, amiga mía —dice George—. Me alegro de que tengas buena opinión de mí.

El militar coge la mano de la señora Bagnet, sin que ella deje la labor, y la mira un momento a la cara. Después vuelve los ojos hacia Woolwich, y lo llama con un movimiento de cabeza.

—Hijo mío —le dice, pasando la mano sobre los cabellos de la señora Bagnet—, ¿ves esta frente? Pues brilla de amor por ti. El sol y el viento la han tostado un poco mientras seguía a tu padre y cuidaba de vosotros, pero está tan sana y fresca como una manzana.

El rostro del señor Bagnet expresa, en la medida que se lo permite su carácter inexpresivo, la más completa aquiescencia a las palabras de su amigo.

—Llegará un día —continúa el señor George— en que encanecerán los cabellos de tu madre y surcarán su frente las arrugas. Cuídala, Woolwich, para que puedas decir, cuando llegue su vejez, que no has hecho encanecer uno solo de sus cabellos, que no has sido la causa de una sola de sus arrugas al ocasionarle la menor pesadumbre. Porque de todos los pensamientos de tu madurez, hijo mío, ese será el más grato que puedas tener.

El señor George se levanta, hace sentar al joven en la silla que ocupaba al lado de la señora Bagnet y sale de la habitación con cierta precipitación diciendo que va a fumar su pipa a la calle.


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