La Casa lugubre
La Casa lugubre Por ese motivo, cuando la señora Bagnet vuelve colorada de la tonificante cubeta para sentarse a su lado con la labor, el señor Bagnet le indica con una mirada que intente descubrir la causa de tan alarmante melancolÃa.
—¡Vaya! ¡Qué cara tan abatida tienes hoy, George! —dice la señora Bagnet enhebrando su aguja tranquilamente.
—Estoy poco sociable, desde luego.
—No parece Bluffy, ¿no mamá? —inquiere la pequeña Malta.
—¿Está enfermo, verdad? —añade Quebec.
—No es buena señal no parecer Bluffy, ¿verdad que no? —dice el señor George, dando un beso a las niñas—. Pero… —añade suspirando—, realmente no estoy de humor.
—George —dice la señora Bagnet, cosiendo con agilidad—, si pensara que eres tan rencoroso como para no olvidar lo que te dije esta mañana, te pedirÃa mil perdones por ello y preferirÃa que me hubiesen cortado la lengua antes de ofenderte.
—Querida amiga —responde el militar—, te aseguro que no me acordaba ya de aquello.
—Y, sin embargo, todo cuanto dije que hicieras para no comprometer a Lignum lo has hecho con la mayor nobleza, George.