La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Padecía, en gran manera, la confusión en que se atropellaban en mi cerebro enfermo los diferentes períodos de mi existencia. Me sentía a la vez niña, adolescente y adulta, y no solamente me abrumaban los temores y las dificultades de aunar estos diversos estados, sino también el gran esfuerzo que requería conciliar las obligaciones de cada una de esas edades y la incoherencia que resultaba de tratar de conciliar las unas con las otras. Es preciso haberlo experimentado para comprender semejante estado y para formarse una idea exacta de la inquietante agitación que ello me producía.

Por esta razón, apenas me atrevo a relatar los tormentos que llegué a sufrir durante aquella noche (pareció una larga noche, pero creo que pasaron tanto días como noches) en que me sumió mi ceguera cuando me esforzaba en subir los peldaños colosales de una escalera gigantesca, ávida siempre por llegar al final y, en el momento en que iba a alcanzarlo, era derribada de pronto por algún obstáculo imprevisto, y me veía condenada a volver a emprender aquella penosa ascensión. Había momentos en que me daba perfecta cuenta de que estaba en mi cama y en otros de mayor confusión conservaba la consciencia de mi situación, pero incluso en esos momentos en que reconocía a Charley, en que la veía o bien sentía el contacto de su mano, tenía que interrogarla:


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