La Casa lugubre
La Casa lugubre —¿Nunca se acabará esa escalera, Charley, y esos peldaños interminables que parece que llegan al cielo?
Y continuaba subiendo…
Pero la más cruel de mis torturas era el verme en medio de las tinieblas en fila con otras personas que formaban un collar de fuego del cual yo era una de las inflamadas perlas. En vano me esforzaba y suplicaba para sustraerme a tan espantosa agonÃa.
Parecerá tal vez inoportuno hablar de estos Ãntimos sufrimientos, cuyo relato nada tiene de agradable ni para quien los narra ni para los demás que los escuchan. Pero, si conociéramos mejor esas alucinaciones febriles, podrÃamos probablemente atenuar su fuerza y apaciguar los sufrimientos de los desgraciados que las sufren. ¿Por qué motivo no han de estudiarse mejor?
Tal vez se me comprenderá más fácilmente si hablo de la convalecencia que siguió a esta agitación. De las largas horas de un sueño benéfico, de esa calma deliciosa que se apoderaba de mà cuando, demasiado débil para tener consciencia de mi estado, habrÃa recibido la noticia de mi próxima muerte sin otra emoción que una tierna compasión por los que dejaba en la tierra.