La Casa lugubre
La Casa lugubre Ante todo, me apresuré en felicitar a Charley por la limpieza y el orden completo que reinaban en la habitación. Ciertamente nadie habrÃa dicho que habÃa permanecido tanto tiempo allà enferma.
Charley recibió con agradecimiento y júbilo mis elogios, y sus ojos brillaron, desde entonces, con renovada satisfacción.
—Sin embargo —le dije mirando en torno mÃo—, falta aquà algo, alguna cosa a la que estaba acostumbrada…
La pobre muchacha recorrió también con la mirada toda la habitación e hizo un gesto negativo.
—¿No están todos los cuadros en su sitio? —le pregunté.
—SÃ, señorita.
—¿Y todos los muebles, Charley?
—Todos a excepción de los que he quitado para hacer sitio.
—Sin embargo, echo algo en falta. ¡Ah! Ya sé lo que es, Charley.
—¿Qué falta?
—El espejo.
Se levantó de la mesa como si súbitamente se le hubiese ocurrido ir en busca de algo a la habitación contigua y oà que sollozaba.