La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Poco a poco, fui acostumbrándome de nuevo al movimiento y tomé una parte más activa en lo que se hacía en torno mío. Poco a poco me fui recuperando y recobré la firmeza de mi ánimo.

¡Cómo recuerdo aún aquella tarde en que, rodeada de almohadas, me senté en el sillón para tomar el té con Charley! ¡Qué acontecimiento y qué felicidad! Aquella muchacha enviada por el cielo para cuidar a los que sufrían, se mostraba tan alegre, se paraba tantas veces en medio de sus quehaceres para venir a apoyar su cabeza sobre mi pecho, para colmarme de caricias y expresarme en medio de sus lágrimas su hondo regocijo, que me vi obligada a decirle:

—Charley, si continúas así, será preciso que me vuelva a la cama, porque estoy más débil de lo que me figuraba.

Entonces ella, silenciosa como un ratón, iba de un lado a otro sin pronunciar una palabra, pero rebosando alegría, alegría que se comunicaba a mi corazón al verla pasar de la sombra de la habitación al rayo de luz de la ventana y del rayo a la sombra en un continuo vaivén que me daba envidia.

Me acercó, finalmente, una mesita. La cubrió con un pequeño mantel blanco, puso en ella algunas golosinas y un precioso ramo de flores obsequio de Ada, me sentí segura de estar lo bastante fuerte para decirle a Charley algo que me rondaba en la cabeza.


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