La historia de nadie y otros cuentos
La historia de nadie y otros cuentos El alivio que sentí al saber que nuestro capitán no estaba muerto, pero sí imposibilitado para el cumplimiento de su deber, no podía ser expresado en palabras por un hombre como yo. Me esforcé por levantar el ánimo de los demás, diciéndoles que era una nueva señal el hecho de no estar en tan mala situación como presumíamos; luego dejé las instrucciones precisas a William Rames, quien debía ocupar mi lugar cuando yo me hiciera cargo del mando del otro bote. En seguida no quedó nada por hacer, sino esperar el instante en que el viento amainara, al ponerse el sol, y bajara la marea, de modo que nuestra debilitada tripulación pudiera disponer los dos botes, uno al lado del otro, en dirección paralela, sin correr ningún riesgo, o, para ser más explícitos aún, sin necesidad de cansarnos con ningún esfuerzo extraordinario. La tripulación de ambos barcos estaba completamente agotada por el hambre.
Durante el crepúsculo, el viento calmó de repente, pero debía esperarse varias horas hasta el descenso de la marea.
La luna brillaba, el cielo estaba muy claro, y de acuerdo con mis cálculos debíamos de estar no lejos de la medianoche, cuando la marea descendió con regularidad y tomé a mi cargo la tarea de disminuir la distancia.