La historia de nadie y otros cuentos
La historia de nadie y otros cuentos Pero debo asimismo confesar que no estaba de humor placentero esa mañana mientras cumplĂa mi guardia. Mi vida habĂa sido dura y difĂcil, y la de los ingleses habitantes de la isla era demasiado fácil y alegre para transigir con ella. «¡AquĂ están —pensĂ© para mis adentros—, buenos vividores, capaces de leer lo que les place, dispuestos a comer y beber lo que se les antoja y a gastar cuanto se les ocurra! ÂżQuĂ© importancia concederĂais a un marinero pobre e ignorante? Es duro, ya lo creo, el hecho de disponer vosotros del dinero y recibir yo los puntapiĂ©s; vosotros toda la suavidad y yo toda la rudeza; ¡todo el aceite en vuestras manos y todo el vinagre para mĂ!». Tal vez carezca de sentido pensar de esa forma, pero, aun asĂ, persistĂ en mis reflexiones. LleguĂ© a tal extremo que cuando una joven inglesa subĂa a bordo gruñĂa para mis adentros: «¡Ah, con seguridad tendrá un amante!», como si eso fuera una nueva ofensa para mĂ en caso de que asĂ fuera.