La historia de nadie y otros cuentos
La historia de nadie y otros cuentos El pobrecillo sordomudo dormitaba durante largos intervalos, así como el resto de las criaturas, sin causarnos trastornos. Todos parecían adquirir el mismo aspecto ante mis ojos, no solo por su actitud silenciosa, sino por sus rostros semejantes. El movimiento de la balsa solía ser casi siempre el mismo; el escenario variaba poco; el rumor de las aguas, siempre monótono y constante, como un estribillo invariablemente repetido. Aun en los mayores el efecto producido era el mismo, a pesar del trabajo arduo y de la constante ansiedad.
Cada nuevo día se parecía tanto al anterior que pronto perdí la noción del tiempo, y debía consultar a la señorita Maryon para saber, por ejemplo, si estábamos en el tercero o el cuarto día. Ella llevaba consigo una pequeña libreta de apuntes y un lápiz, y escribía el diario de navegación, es decir, anotaba los acontecimientos del día y las distancias que nuestros marinos creían habíamos adelantado noche a noche.