La historia de nadie y otros cuentos
La historia de nadie y otros cuentos Como no pertenezco a los que se rinden ante el primer obstáculo cuando adoptan una resolución, insistí ante la buena señora arguyendo que estábamos en vísperas de Navidad; que Navidad es solo una vez al año, cosa, por desgracia, demasiado cierta, pues si permaneciera todo el año con nosotros convertiríamos la Tierra en un lugar muy diferente. Argüí estar dominado por el deseo de convidar a cenar a los viajeros y brindarles un vaso de ponche caliente; además, gozaba ya de crecida fama por mi habilidad en prepararlo, y si me fuera permitido celebrar la fecha me sometería de buen grado a la moderación y a la sobriedad; en una palabra, podría ser a la vez alegre y prudente y, en caso necesario, sabría mantener a los demás en iguales condiciones, a pesar de no estar condecorado con ninguna insignia ni medalla ni ser orador, apóstol, santo o profeta, cualquiera que sea la denominación. Triunfé al fin. Quedó acordado que esa misma noche, a las nueve, un pavo y un trozo de carne humearían sobre el aparador y que yo, tímido e indigno ministro de Richard Watts, por una vez tan solo presidiría la cena de Navidad como huésped a los Seis Viajeros Pobres.
Volví a la posada para dar las instrucciones acerca del pavo y la carne, y durante el resto del día no pude hacer otra cosa que pensar en mis invitados.