La historia de nadie y otros cuentos
La historia de nadie y otros cuentos —DesearÃa verlo tanto —agregó el joven capitán—, como si deseara ver cinco mil guineas sobre esta mesa en recompensa a mi madre por mis buenos servicios. ¿Vive su madre aún?
—Es preferible que esté muerta, señor.
—Si los elogios hacia vuestra persona corrieran de boca en boca a través de todo el regimiento, de todo el ejército, de todo el paÃs, ¿desearÃa que viviera entonces para oÃrla decir con orgullo y alegrÃa: ese es mi hijo?
—Excúseme, señor —contestó Doubledick—. Jamás hubiera escuchado nada bueno de mÃ. No tendrÃa el más mÃnimo orgullo en ser mi madre. Me querrÃa y compadecerÃa tal vez. Perdóneme, señor, ¡soy un ser despreciable! ¡Tenga compasión de mÃ!
Se volvió contra la pared y extendió su mano implorante.
—Amigo mÃo —comenzó el capitán.
—Que Dios le imparta su bendición, señor.
—Está en la crisis de su destino. Si continúa asà algún tiempo más, verá entonces las consecuencias. Yo sé más aún de lo que es capaz de imaginar: que tras suceder eso estará perdido para siempre. Ningún hombre capaz de derramar esas lágrimas podrÃa soportar semejantes estigmas.
—Lo creo, señor —dijo el soldado en voz baja y temblorosa.