La historia de nadie y otros cuentos
La historia de nadie y otros cuentos —Doubledick —agregó el capitán—, desde que entré al servicio de Su Majestad, a los diecisiete años, he sufrido observando a muchos hombres que prometÃan adoptar la misma senda; pero jamás me ha dolido tanto encontrar a un hombre determinado a realizar ese viaje vergonzoso, como he comprobado desde el momento mismo que integró este regimiento.
El soldado comenzó a ver una nube sobre el piso mientras mantenÃa la cabeza baja, y descubrió que las patas de la mesa se encorvaban, como si las viera a través de una cortina de lágrimas.
—Solo soy un soldado raso, señor —dijo—. Mi fin no interesa a nadie.
—Es un hombre con educación y otras ventajas —replicó el capitán muy indignado—, y si manifiesta eso a sabiendas, ha descendido más bajo de lo que yo creÃa. Dejo a su consideración medir la profundidad de esta bajeza, sabiendo lo que sé sobre su desgracia y viendo lo que veo.
—Espero morir pronto, señor, y entonces el regimiento y el mundo se verán libres de mÃ.
Las patas de la mesa se encorvaron más aún.
Doubledick, alzando la vista, encontró los ojos que tanta influencia ejercÃan sobre él. Se cubrió el rostro con las manos y el peto de su chaqueta deslucida se infló, como si tratara de saltar en pedazos.