La historia de nadie y otros cuentos
La historia de nadie y otros cuentos Se volvió y palideció. Contemplándole en la galería estaba el oficial francés, el mismo oficial cuya imagen había llevado en su mente durante tanto tiempo. Comparado con el original, al fin, ¡cómo se parecía en todos sus detalles!
Se movió y desapareció, y el capitán Doubledick notó que entraba en el vestíbulo con rapidez pasando bajo una de las arcadas. Su mirada era la de aquel momento fatal.
¿Monsieur le capitaine Richard Doubledick? ¡Estaba encantado de recibirlo, mil disculpas además! Los sirvientes no estaban, pues se habían reunido en el jardín. En efecto, se celebraba el cumpleaños de su hijita, la pequeña amiga de la señora Taunton.
Ante ese gesto tan franco y amable, el capitán no pudo negar su mano.
—Es la mano de un inglés valiente —dijo el oficial francés reteniéndola mientras hablaba—. ¡Sé apreciar a un intrépido soldado inglés, aun como enemigo, cuanto más como amigo! Soy soldado también.
«No me recuerda, como yo lo recuerdo; no observó mi rostro como yo observé el suyo —pensó el capitán—. ¿Cómo podría decirle…?».