La historia de nadie y otros cuentos
La historia de nadie y otros cuentos No es personalmente ni a Smithick ni a Watersby a quien menciono aquÃ; no conozco a nadie con uno de esos apellidos, como tampoco pienso que existiera alguien llamado asà en Liverpool, varios años atrás. Pero es, en realidad, a la casa misma a quien me refiero y nunca existió comerciante más prudente ni caballero más firme.
—¡Querido capitán Ravender! —dijo—. Deseaba verle más que a ningún hombre sobre la tierra. Me dirigÃa a su casa en este mismo instante.
—Bien —contesté—. Esto quiere decir que debÃas verme de veras.
Apoyé mi brazo en el suyo y nos encaminamos hacia el edificio de la Bolsa, paseando por sus alrededores, en el lugar donde está la torre del reloj. Caminamos durante una hora o dos, pues era mucho lo que debÃa decirme. Planeaba fletar un barco nuevo, de propiedad de la compañÃa, para transportar a California cavadores e inmigrantes, y comprar y traer oro al regreso. No entraré en detalles acerca de este plan, ni tengo derecho a hacerlo. Todo lo que puedo decir es que era muy original, muy bueno y muy lucrativo, sin duda alguna.
Me lo confió tan fielmente como si fuera una parte de sà mismo. Después de haberlo hecho, me hizo la mejor propuesta que recibiera jamás, según creo, ningún otro capitán de la marina mercante, para terminar diciéndome: