La historia de nadie y otros cuentos
La historia de nadie y otros cuentos Soy un hombre soltero —ella era demasiado buena para este mundo y para mÃ, y murió seis semanas antes del dÃa fijado para nuestra boda—, de modo que cuando estoy en tierra resido en mi casa de Poplar. Allà una anciana, que fue doncella de mi madre antes de venir yo al mundo, cuida de ella, tratando de conservar el ambiente marino en la mejor forma posible. Es bella y erguida aún, y me quiere tanto como si en su vida hubiera tenido solo un hijo y este fuera yo. Sé muy bien que, desde el momento en que zarpo, nunca se acuesta sin haber musitado antes: «Dios misericordioso, bendice y protege a William George Ravender, y envÃale a casa sano y salvo, por Cristo, nuestro Salvador». He pensado en ello en muchos momentos de peligro en que no he sufrido daño alguno.
En mi casa, en Poplar, paso en compañÃa de esta anciana la mayor parte del año, después de haber estado largas temporadas por las islas y de haber contraÃdo la fiebre con bastante intensidad —cosa rara en m×. Al fin, de nuevo sano y fuerte, y tras haber leÃdo todos los libros que pude encontrar, paseaba una tarde por Leadenhall Street, en Londres, pensando en volverme ya, cuando encontré a quien llamo Smithick & Watersby, de Liverpool. Sucedió mientras estaba mirando una brújula en el escaparate de un comercio.