La historia de nadie y otros cuentos
La historia de nadie y otros cuentos A pesar de hallarme, como ya dije, completamente listo para hacerme a la mar, tenía mis dudas acerca de este viaje. Claro que sabía, sin necesidad de que me lo dijeran, que existían extraordinarias dificultades y peligros en él; un trecho largo, además, mayor que el de los viajes comunes. No debe suponerse que yo temía enfrentarlos, pero, en mi opinión, un hombre no tiene razón alguna para afrontarlos a no ser que los haya juzgado a conciencia y pueda decirse a sí mismo: «Ninguno de estos peligros puede tomarme ahora por sorpresa; sabré cómo hacerles frente; el resto yace en las manos nobles y elevadas a las que me confío humildemente…». Bajo este lema consideré tan atentamente —contemplándolo como mi deber— todos los riesgos que pude meditar, como tormentas, naufragios y fuego a bordo, que creí poder estar preparado en cualquiera de esos casos para salvar las vidas confiadas a mi cuidado.
Mientras yo reflexionaba, mi buen amigo supuso que debía dejarme pasear allí cuanto quisiera, y que luego debía acompañarle a cenar en su club, en Pall-Mall. Acepté la invitación y me quedé paseando cerca de dos horas, mirando hacia una veleta cuando elevaba la vista y otras veces contemplando a Cornhill al observar a mi alrededor.