La tienda de antiguedades

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Observaré solamente, por tanto, que, al escribir el libro, siempre tuve en mi fantasía rodear a la figura solitaria de la niña de compañeros grotescos y desaforados, pero no imposibles, y reunir alrededor de su cara inocente y de sus intenciones puras socios tan extraños y antipáticos como los objetos lúgubres que rodean su cama la primera vez que se preanuncia su historia.

En un principio, se supuso que master Humphrey (antes de su dedicación al negocio de los baúles y de la mantequilla) sería el narrador de la historia. Pero, como desde el principio esta se concibió para ser publicada de forma independiente una vez terminada, la desaparición de master Humphrey no ha acarreado ninguna modificación.

Siento a la vez orgullo y tristeza cuando recuerdo a la pequeña Nell. Cuando esta no había concluido aún sus vagabundeos, apareció en una revista literaria un ensayo que la convertía en el tema principal, y lo hacía de una manera tan seria y tan elocuente y con un aprecio tan tierno hacia ella y a sus quiméricos parientes y amigos que habría sido una muestra de insensatez por mi parte leerlo sin una pizca de placer y de estímulo. Cuando, mucho después, tuve la ocasión de conocer bien al articulista, y de ver cómo se deslizaba hacia la tumba con gran reciedumbre de ánimo, supe que no se trataba de otro que de Thomas Hood.

Londres,


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