La tienda de antiguedades

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La niña lo miró asustada, todavía sin comprender; por lo que el señor Quilp se apresuró a aclarar el significado:

—Ser la segunda señora Quilp cuando la primera señora Quilp haya muerto, mi dulce Nell —explicó Quilp, entrecerrando los ojos e indicándole con el índice doblado que se acercara un poco—, ser mi esposa, mi esposita de mejillas sonrosadas y labios rojos. Supongamos que la señora Quilp vive cinco años, o sólo cuatro. Entonces tú tendrás la edad adecuada para ser mi esposa. Ja, ja. Sé buena chica, Nelly, una buena chica y uno de estos días te convertirás en la señora Quilp de Tower Hill.

Lejos de sentirse animada y estimulada por esta deliciosa perspectiva, la niña se retrajo temblando violentamente. El señor Quilp, ya fuera porque el mero acto de asustar a cualquiera le proporcionaba una especie de placer innato, ya fuera porque le seducía la idea de la muerte de la señora Quilp número uno y la elevación de la señora Quilp número dos a tal puesto y título, o porque estaba convencido de que su proposición resultaría agradable y sería bien acogida llegado el momento, empezó a reírse y fingió no dar importancia a la alarma producida en la niña.


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