La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Ven conmigo a mi casa de Tower Hill y verás a la señora Quilp —la tranquilizó el enano—. Tú le caes muy bien, Nell, aunque menos bien que a mÃ. Ven a casa conmigo.
—Tengo que volver, de veras —respondió la niña—. Me ha dicho que vuelva en cuanto tenga una contestación.
—Pero no tienes ninguna contestación, Nelly —le hizo saber el enano—, y no la tendrás, ni puedes tenerla, hasta que yo no llegue a casa. Asà que ya ves que, para hacer tu recado, debes venir conmigo. Alcánzame el sombrero, preciosa, y vamos allá directamente —dicho lo cual, empezó a desenrollarse paulatinamente sobre la mesa hasta tocar el suelo con sus cortas piernas y se encaminó hacia el embarcadero. La primera imagen que se presentó a su vista al salir de la contadurÃa fue el chico que habÃa estado cabeza abajo y otro jovencito de su misma estatura, los dos rodando juntos por el barro, enlazados en un estrecho abrazo y propinándose puñetazos con igual ardor.
—¡Es Kit! —gritó Nelly, juntando las manos—. ¡Pobre Kit, que ha venido para acompañarme! ¡Oh, sepárelos, por favor, señor Quilp!