La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Desconocedor de los hechos fidedignamente narrados en el capítulo anterior, y sin adivinar que tenía un explosivo atado a un pie (pues, para que no sospechara nada, se había procedido con el mayor sigilo), el señor Quilp se hallaba recluido en su ermita, sin barruntar nada y sumamente satisfecho con el resultado de sus maquinaciones. Ocupado en repasar algunas cuentas —una ocupación para la que el silencio y la soledad de su retiro eran particularmente propicios—, llevaba dos días enteros sin salir de su guarida. El tercer día de su dedicación a este asunto lo encontró aún trabajando y poco dispuesto a moverse.
Era el día siguiente a la confesión del señor Brass, es decir, un día en que corría peligro la libertad del señor Quilp, pues se le iba a dar parte de unos asuntos particularmente ingratos. Pero, sin intuir el nubarrón que se cernía sobre su persona, el enano se encontraba con su habitual humor jovial y, cuando descubría que una excesiva atención a los negocios podía mermar su salud y su buen humor, variaba su monótona rutina con un pequeño chirrido o rugido, o alguna otra inocente relajación de índole parecida.
