La tienda de antiguedades

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El chico declinó la invitación, pero, cuando creía que su amo estaba con la guardia baja, se le acercó de un salto y, asiendo el arma por un extremo, trató de arrebatársela. Quilp, que era más fuerte que un león, no soltó la presa aunque el otro tiraba con todas sus fuerzas. De repente, Quilp soltó el palo y el chico salió despedido hacia atrás, cayendo violentamente de cabeza. El éxito de esta maniobra enardeció al señor Quilp sobremanera, que se puso a reír y a patalear con un furor y un júbilo indescriptibles.

—Muy bien —expresó el chico, asintiendo con la cabeza y frotándosela al mismo tiempo—. Ya puede esperar sentado si quiere que me vuelva a pelear con alguien porque diga que es usted el enano más feo que se puede ver por dos peniques, ya, ya.

—¿Quieres decir que no lo soy, cacho perro? —replicó Quilp.

—No quiero decir eso —respondió el chico.

—Entonces, ¿por qué te has peleado en mi embarcadero, bribón? —quiso saber Quilp.

—Porque ha dicho que usted lo es —contestó el chico señalando a Kit—, no porque no lo sea.

—¿Y por qué él ha dicho —protestó Kit— que la señorita Nelly es fea y que ella y mi amo tienen que hacer lo que quiera su amo? ¿Por qué lo ha dicho, eh?


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