La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Lo ha dicho porque es un memo, y tú dijiste lo que dijiste porque eres muy sensato y muy listo, casi demasiado para vivir mucho tiempo, si tienes cuidado de tu vida. Kit —prosiguió Quilp con gran suavidad de modales, pero con mayor dosis de sosiego y malicia en ojos y boca—, toma, aquà tienes una moneda de seis peniques para ti, Kit. Di siempre la verdad. Dila en todo momento, Kit. Y tú, cacho perro, cierra la contadurÃa y tráeme la llave.
El otro chico, a quien iba dirigida la orden, hizo lo que se le dijo y fue recompensado por su amo con un golpe violento propinado en la nariz con la llave, lo que le hizo derramar lágrimas. A continuación, el señor Quilp se embarcó con la niña y Kit mientras el chico se vengaba bailando cabeza abajo sobre el borde del embarcadero durante el tiempo que duró la travesÃa.
Sólo estaba en la casa la señora Quilp, que no esperaba en absoluto el regreso de su señor y se disponÃa a descabezar un sueñecito reparador; pero, justo en ese momento, oyó el ruido de sus pasos y simuló que estaba ocupada en una labor de punto. El enano entró acompañado de la niña, tras dejar a Kit en la planta baja.
—Aquà está Nelly Trent, mi querida señora Quilp —le informó su marido—. Un vaso de vino y una galleta, querida, pues tiene por delante un largo camino. Siéntate con ella, amiga mÃa, mientras yo escribo una carta.