La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades La señora Quilp miró temblando a su esposo, sin saber a qué podÃa deberse aquella inhabitual cortesÃa; obediente a un gesto, lo siguió hasta la habitación contigua.
—Atiende bien a lo que voy a decirte —susurró Quilp—. Procura sonsacarle lo que puedas sobre su abuelo: qué hacen, cómo viven, qué cosas le dice él. Tengo mis razones para querer saberlo. Las mujeres habláis entre vosotras con mayor libertad que con nosotros, y lo hacéis con tanta suavidad y afabilidad que conseguÃs siempre lo que queréis. ¿Me has oÃdo?
—SÃ, Quilp.
—Ve, pues. ¿Qué te pasa ahora?
—Querido Quilp —balbuceó su esposa—, yo quiero mucho a esa niña… Si pudieras conseguir lo que quieres sin obligarme a engañarla…
El enano, mascullando un terrible juramento, miró alrededor como buscando un arma con la que infligir el condigno castigo a su desobediente esposa. La sumisa mujercita le pidió enseguida que no se enfadara y le prometió hacer lo que le pedÃa.
—¿Me has oÃdo bien? —susurró Quilp, pellizcándole y apretándole el brazo—. Introdúcete como puedas en sus secretos. Sé que puedes hacerlo. Yo estaré escuchando, recuerda. Si noto que no la presionas lo suficiente, haré chirriar la puerta. ¡Ay de ti como tenga que hacerla chirriar mucho! ¡Ve ahora!