La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades La señora Quilp se alejó al oír la orden, y su amable marido, escondiéndose detrás de la puerta entreabierta, se aplicó a escuchar con pérfida atención.
La pobre señora Quilp, no obstante, dejó pasar unos instantes sin saber cómo empezar o qué tipo de preguntas hacer; y hasta que la puerta, chirriando con urgencia, no la advirtió para que procediera sin contemplaciones, no se oyó el sonido de su voz.
—Últimamente has venido mucho a ver al señor Quilp, ¿verdad, cariño?
—Eso le digo yo muchas veces a mi abuelo —respondió Nell inocentemente.
—¿Y qué te contesta él?
—Suspira e inclina la cabeza, y parece tan triste y desgraciado que si usted lo viera estoy segura de que se echaría a llorar. Le pasaría igual que a mí, lo sé. ¡Cómo chirría esa puerta!
—Chirría a menudo —replicó la señora Quilp con una mirada de aprensión en esa dirección—. Pero tu abuelo antes… no era tan desgraciado, ¿verdad?
—Ah, no —aseveró la niña con viveza—. ¡Antes era tan distinto! Antes éramos muy felices. Él estaba tan alegre y contento… No se puede imaginar cuánto ha cambiado desde entonces.
—Me da mucha mucha pena oír esto, cariño —se compadeció la señora Quilp—. Lo siento en el alma.