La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Gracias —respondió la niña besándole la mejilla—. Usted es siempre tan buena conmigo… Qué gusto hablar con usted. No puedo hablar con nadie más de eso; bueno, menos con el pobre Kit. Yo soy muy feliz, y quizás deberÃa sentirme más feliz de lo que me siento. Pero usted no se puede imaginar cómo me duele a veces verlo tan cambiado.
—Volverá a cambiar, Nelly —le aseguró la señora Quilp—; volverá a ser como antes.
—¡Que Dios la oiga! —exclamó la niña con los ojos inundados de lágrimas—. Pero hace tanto tiempo que empezó a… Creo que he visto moverse la puerta.
—Es el viento —la tranquilizó la señora Quilp con poca convicción—. Hace tanto tiempo que empezó a…
—A parecer tan pensativo y tristón, y a olvidarse de lo bien que lo pasábamos en las largas noches —apostilló la niña—. Yo le leÃa junto al fuego y él me escuchaba sentado; y, cuando me detenÃa y nos ponÃamos a charlar, me hablaba de mi madre, de lo mucho que se parecÃa a mà y de cómo hablaba como yo cuando era pequeña. Luego me sentaba sobre sus rodillas y trataba de convencerme de que no estaba enterrada, sino que habÃa volado a un paÃs muy hermoso, más allá del cielo, donde nadie muere ni envejece. ¡Éramos tan felices entonces!