La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¡Nelly, oh, Nelly! —exclamó la pobre mujer—. No puedo soportar ver tan triste a una persona tan joven como tú. Por favor, no llores.
—Yo no acostumbro a llorar —le confió Nell—, pero esto llevo guardándomelo desde hace tiempo; no estoy muy bien, creo, pues las lágrimas me acuden a los ojos sin poder evitarlo. Pero no me importa contarle mis penas, pues sé que usted no se las cuenta a nadie.
La señora Quilp volvió la cabeza y no contestó.
—Antes —prosiguió la niña—, a menudo nos Ãbamos a caminar por el campo, entre los árboles verdes, y cuando volvÃamos a casa de noche nos gustaba sentirnos cansados para asà poder descansar en casa. Y si la casa estaba oscura y triste, no nos importaba: recordábamos el último paseo con mayor placer, y ya estábamos pensando en el siguiente. Pero ahora nunca damos paseos, y la casa está más oscura y parece mucho más triste que antes. Vaya que sÃ.
Se detuvo y, aunque la puerta chirrió más de una vez, la señora Quilp no dijo nada.
—No querrÃa que creyera —agregó la niña con seriedad— que mi abuelo es menos amable conmigo que antes. Yo creo que me quiere más cada dÃa que pasa e incluso es más amable y afectuoso que antes. No se imagina lo mucho que me quiere.
—Estoy segura de que te quiere muchÃsimo —asintió la señora Quilp.