La tienda de antiguedades

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—¡Me quiere incluso más que yo a él! —exclamó Nell—. Pero no le he hablado del mayor cambio de todos, y esto sí que no debe contárselo a nadie. No duerme y sólo descansa cuando se sienta en su sillón, pues todas las noches sale de casa y las pasa casi enteras fuera.

—¡Nelly!

—¡Ssssh! —ordenó la niña llevándose un dedo a la boca y mirando alrededor—. Cuando vuelve por la mañana, que suele ser al amanecer, me levanto a abrirle la puerta. Anoche llegó muy tarde, ya había mucha luz. Tenía la cara pálida como un muerto y los ojos inyectados en sangre, y vi, que le temblaban las piernas al andar. Cuando me acosté otra vez, oí que estaba gimiendo. Me levanté corriendo, me acerqué y le oí decir, sin que él notara que yo estaba allí, que no podría soportar la vida por mucho más tiempo y que, si no fuera por su niña, preferiría morirse. ¡Qué puedo hacer! ¡Oh! ¡Qué puedo hacer yo!

Los manantiales de su corazón se abrieron. Desbordada por sus penas y ansiedades —por la primera confidencia de su vida— y por la simpatía con la que su pequeña historia era recibida, la niña ocultó la cara entre los brazos de su desconcertada amiga y rompió a llorar.


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